En México se desperdicia el potencial del bono poblacional femenino por prejuicios, estereotipos y discriminación

El Centro de Estudios para el Logro de la Igualdad de Género (CELIG), de la Cámara de Diputados, afirmó que en México se desperdicia el potencial del bono poblacional femenino, por prejuicios y estereotipos que impiden visualizar a las mujeres en la esfera económica, colocándolas de manera desigual en la distribución de recursos, derechos y deberes, pese a los avances registrados en las últimas décadas.

En su análisis “Trabajo remunerado, economía del cuidado y políticas públicas”, destaca la evidente discriminación en el ámbito laboral y la fuerte división por género del trabajo remunerado y no remunerado.

Actualmente, muchas mujeres cobran 20 por ciento menos que los hombres que realizan la misma actividad, sin otro motivo más que su género, se precisa.

“La incorporación al trabajo remunerado no las exime del doméstico” e incluso las coloca en triples jornadas: la actividad pagada, labores del hogar y el cuidado de otros (formales e informales), situación que se visualiza de forma natural por la sociedad.

El impacto a nivel salarial es mayor, ya que los estereotipos generan un menor pago para las mujeres sumando a responsabilidades en el hogar, resultado de la concepción que se tiene de la maternidad, y deficiencias en la oferta de servicios públicos de calidad para el cuidado infantil.

Lo anterior dificulta el ascender posiciones laborales y conseguir un mejor sueldo, con su considerable efecto en jubilaciones y pensiones, calculadas con base en esa percepción.

El CELIG argumenta que la incorporación de las mujeres al mercado profesional, ha sido un proceso lento que rompe el paradigma que las estereotipaba en la maternidad y que las encasilló solo en algunas actividades, modificando sustancialmente la economía familiar y colectiva para bienestar del país al generar riqueza.

No obstante, se conservan sesgos discriminatorios que impiden o limitan su desarrollo, como la falta de oportunidades, segregación ocupacional, desigualdad salarial, doble o triple jornada, abandono laboral, acoso sexual, contratación temporal y horarios inflexibles incompatibles con la vida familiar, llevándolas a la informalidad.

Las disparidades persistentes entre mujeres y hombres en relaciones de trabajo, son evidentes y constituyen la causa fundamental que impide el avance real hacia el logro de la igualdad, es una realidad que la hegemonía masculina permea en todos los niveles del mercado laboral.

Por ello, se afirma, la necesidad de diseñar estrategias laborales orientadas a reducir las brechas de género, para que los indicadores económicos visibilicen el aporte al Producto Interno Bruto (PIB) de la llamada economía del cuidado, se compartan responsabilidades entre mujeres y hombres en el hogar, y se impidan formas de contratación que precaricen el trabajo femenino.

El reto es transparentar las prácticas de marginación, a fin de erradicarlas mediante el desarrollo de políticas públicas que promuevan la inserción masculina en condiciones de igualdad al trabajo doméstico no remunerado.

El Centro de Estudios indica que la abrumadora carga del trabajo doméstico no remunerado, y de cuidados de otros, es un factor estructural de la desigualdad de género que subsiste al amparo de una tradición profundamente arraigada en culturas patriarcales con múltiples implicaciones para las mujeres amas de casa, quienes dedican un promedio de 77.2 horas a la semana a esas actividades.

El quehacer hogareño se realiza sin pago alguno y se desarrolla en el ámbito privado, causa principal para que estas actividades se consideren sin el valor económico que representa dentro de la macroeconomía y se piensa que es responsabilidad de ellas.

“En México la persistencia de la distribución dispar de las tareas domésticas y de cuidado es consecuencia de los arraigados estereotipos de género. Cerca del 60 por ciento del total de horas dedicadas al trabajo remunerado y no remunerado son contribución de las mujeres, mientras que sólo el 40 por ciento es realizado por hombres”, precisa el estudio.

La conciliación de la vida laboral y familiar es un reto no resuelto, dado que son las mujeres quienes generalmente se ocupan del trabajo doméstico y se encargan del cuidado de los hijos, a pesar de apoyarse en el servicio de guarderías o por redes familiares. Además, de atender a discapacitados, personas de la tercera edad o enfermos.

Por tradición se le otorga menos valor a “lo femenino” y destaca “lo masculino”, es decir se minimiza el trabajo doméstico y se subraya la importancia del trabajo fuera de casa.

Otro factor que influye para no reconocer la importancia del quehacer en los hogares es su falta de remuneración económica; no se reporta en las cuentas nacionales y en apariencia no se identifica como un aporte en la economía familiar, pese a que de éste depende el funcionamiento de la sociedad.

Las implicaciones del trabajo doméstico no remunerado se refleja para las mujeres en menor tiempo de aprendizaje, especialización, ocio, participación social y política, y del cuidado personal; dificultades para insertarse en un trabajo fuera del hogar, mayor incursión en empleos de menor valoración y reducidos ingresos, con control del tiempo, pero sin protección social.

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